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lunes, 2 de septiembre de 2024

Carla y Lucía se van al pueblo

Carla y Lucía se van al pueblo

© Moisés González Muñoz

Las niñas están ayudando a sus papás a preparar el equipaje para irse de vacaciones al pueblo con los abuelos. Para Lucía, nueve años, la casa donde estarán desde finales de junio hasta finales de julio es «la casa de Solosancho», pero para Carla, que pronto cumplirá los siete, se trata de la «Casa Grande». Ambas ya han pasado allí los últimos veranos y recuerdan a la perfección lo mucho que han disfrutado.

Cuando van a cerrar las maletas, llegan sus abuelos a recogerlas para que duerman con ellos y así emprender el viaje por la mañana temprano. Son muchas horas de carretera y tendrán que detenerse un par de veces, al menos, a lo largo del camino.

Una vez en casa de los abuelos, estos preparan la cena y después de un rato sugieren que es hora de irse a descansar. Los adultos no deben de ser muy convincentes pues, aunque lo intentan por activa y por pasiva, no hay manera de que ellas se vayan a dormir. Al final, después de mucho insistir, consiguen llevarlas a su habitación y que se metan en la cama. El cuento que su abuela les cuenta cada vez que se quedan a dormir con ellos esta noche se convierte en tres. Aunque ya hace bastante que cayó la noche, las dos niñas están desveladas y con los ojos como platos. Por fin, la abuela consigue librarse de ellas, apaga la luz y sale de la habitación con una sonrisa de felicidad. Permanece un rato al otro lado de la puerta y las escucha hablar. Otras veces apenas si intercambian algunas palabras y se quedan dormidas, pero hoy llevan casi una hora charlando y con la emoción no logran conciliar el sueño. Pasada la medianoche, el cansancio aplaca sus nervios y unos leves resoplidos anuncian que ambas han caído en brazos de Morfeo.

A la mañana siguiente, cuando los abuelos se levantan para preparar el desayuno, ellas ya hace un buen rato que están despiertas y hablando entre sí. Aunque han dormido bastante menos de lo habitual, saltan de la cama como muelles y cargadas de vitalidad se disponen a comenzar la nueva aventura.

Nada más pisar la cocina, las niñas encuentran dos platos pequeños encima de la mesa con sendos emparedados y, como no era lo que esperaban, se miran sorprendidas.

―¿Un bocadillo ahora? ―se queja Lucía, fijando su mirada en los platos.

―¡Yo quiero leche con colacao! ―protesta Carla, a quien le encanta el chocolate.

―Mejor que hoy no toméis mucho alimento líquido ―interviene su abuela―. El viaje es muy largo y hay bastantes curvas en la carretera, os podríais marear y…

―¡Jo, Yaya, es que yo ahora no tengo hambre! ―resopla la mayor, con cara de fastidio.

―¡Quiero leche con colacao! ―insiste la pequeña con gesto fruncido.

—La abuela tiene razón ―media el abuelo―. Es mejor que desayunéis algo sólido y así, si os entran ganas de vomitar, será más difícil que os manchéis vosotras y el coche. 

Lucía acepta a regañadientes el consejo de los abuelos y empieza a morder su bocadillo, pero Carla no parece dispuesta a transigir y se emperra en que solo quiere leche con Cola-cao. La abuela se afana por convencerla, pero ella no da su brazo a torcer. Tras un rato intentando salir del atolladero, el abuelo prepara media taza de leche con Cola-cao, añade unas galletas María y convierte el desayuno líquido en una mezcla pastosa. Por fin —no sin dejar de refunfuñar— la niña da su brazo a torcer y comienza a desayunar.

Cuando el sol ya lleva un buen rato danzando, cargan el equipaje, se acomodan en los asientos del automóvil y se ponen en marcha. Mientras circulan por las agitadas calles de la ciudad, camino de la autovía, las dos van rememorando algunos de los recuerdos que conservan de su última estancia en el pueblo. De pronto, nada más dejar atrás las edificaciones del polígono industrial y adentrarse en la vía rápida, Carla pregunta:

—¿Falta mucho para llegar?

Los adultos se miran atónitos y, tras una leve pausa, la abuela reacciona y responde:

—Claro, cariño. Acabamos de salir de Terrassa y el viaje hasta Ávila es muy largo.

—¿Cuánto de largo?

—¡Mucho! —dice Lucía mirando a su hermana—. Aún nos falta un montonazo de rato.

―¡Pues yo quiero llegar ya!

—Pero si acabamos de salir —interviene el abuelo sin apartar la vista de la carretera—. Ávila está muy lejos y tiene que pasar casi todo el día para que lleguemos al pueblo.

—Vale… pero ya estoy cansada de ir en coche y… tengo pipi.

—Pues tendrás que aguantar un poco. A no ser que quieras que volvamos para atrás y te dejemos en Terrassa con tus papás —responde el abuelo con firmeza.

—Bueno, no. Me aguanto… pero date prisa.

—Vale. Lo intentaré. —Mira por el retrovisor y ve la cara de pocos amigos de la niña.

—Tú piensa en otra cosa —interviene la abuela—. Además, pararemos dentro de poco.

Un par de horas después hacen un alto en el camino en un área de servicio anclada al lado de un bosque para estirar las piernas, respirar aire limpio y liberar la vejiga.

De nuevo en marcha, los cuatro pasajeros alternan juegos de pensar, entre ellos el de contar vehículos de diferentes colores de los que circulan por la autovía. Para ello, Carla elige los de color verde, Lucía los blancos, la abuela los negros y el abuelo los rojos.

El pasatiempo no dura demasiado, pues surge una leve discrepancia a la hora de contar los camiones que tienen la cabina y la caja de diferente color. Entonces, Lucía propone visionar una película infantil en las pantallas digitales que llevan frente a ellas, adosadas en cada uno de los reposacabezas de los asientos delanteros. La elección de la película desata otro debate sobre el título que van a ver. Cada una quiere imponer su criterio hasta que, gracias a la mediación de los abuelos, sellan un pacto: como Lucía fue quien propuso el tema, ahora escogerá ella y luego será Carla quien decida. De esta manera acuerdan ver, primero, Cigüeñas y dejar para más adelante Tiana y el Sapo.

―¡Jo, qué morro tienes, Tata! ―protesta Carla.

―¡Ah! Haberlo dicho tú primero ―contesta Lucía.

La pantalla digital parece imantar la atención de ambas de tal manera que, durante casi dos horas, apenas se oye el rodar del vehículo por la autovía. Los abuelos apenas hablan entre ellos para no romper el hechizo y evitar un… «¡Shhhhh, que no se oye bien!». 

Poco antes de finalizar la película, Lucia aparta los ojos de la pantalla y comenta:

—¡Pues yo ya tengo hambre! ¿Vamos a tardar mucho en comer?

A lo que Carla añade:

—¡Pues yo también tengo sed… y pipi!

—¡Perdón! —exclama el abuelo—. Se me había olvidado lo del pipi. Pararemos dentro de poco en un restaurante donde nosotros solemos comer cuando viajamos por aquí.

Por desgracia, el local habitual está cerrado por descanso del personal y deben acercarse a otro ubicado en la acera de enfrente y del que no guardan tan buen recuerdo. Para su sorpresa, aunque el servicio sigue siendo bastante lento por la escasez de personal, la comida está bien cocinada y abandonan el lugar tarde, pero bastante satisfechos.

Los alimentos ingeridos deben de haber sido condimentados con algún somnífero, pues apenas han pisado la carretera cuando las pasajeras de los asientos traseros caen en un sopor que amenaza con descoyuntarles el cuello. Poco después la abuela siente envidia, apoya la cabeza en el reposacabezas y se une a ellas. El abuelo, que se conoce bien tras décadas haciendo aquel trayecto, se mantiene alerta gracias al café ingerido después de  la comida y cuyos efectos le durarán hasta bien entrada la noche, pues es poco cafetero. Una hora y media después, las tres bellas durmientes regresaban del más allá. La abuela se extraña de la siesta tan generosa que se ha regalado, Lucía bosteza y pregunta qué hora es y Carla, como no podía ser de otra manera, se despereza y repite:

—¿Falta mucho? ¡Yo estoy cansada de la sillita, me duele el culo y tengo pipi!

—Cómo vas a tener pipi si has ido a orinar después de comer —se extraña el abuelo. Entonces Carla se busca una nueva excusa y ahora sale con que tiene hambre.

—Pero si hemos comido hace poco —contesta la abuela buscándola con la mirada.

—Pues yo no tengo hambre ni pipi —Lucía contradice a Carla—, pero sí sed.

El sol de finales de junio cae a plomo y el ambiente dentro del coche está algo viciado. El abuelo baja las ventanillas para renovar el aire y la melena de las niñas revolotea desatando un torrente de carcajadas. El problema surge cuando decide subirlas y ambas protestan. En esta ocasión no hay acuerdo que valga y el adulto impone su criterio.

A media tarde el automóvil abandona la carreta y, por una senda estrecha, se desvían hacia una arboleda que crece a la ribera del río Abión (con b). Una vez aparcados a la sombra de un álamo gigantesco, las niñas ven correr el agua y muestran su felicidad.

—¡Nos vamos a bañar! —grita Carla, que parece recordar el paraje.

—¡Yo ya me acuerdo de este río! —reflexiona Lucía en voz alta—. Pero… ¿Cómo nos vamos a bañar si tenemos el bañador dentro de la maleta, desnudas?

—No nos vamos a bañar de ninguna manera —el abuelo contraría a sus nietas—, os mojaréis los pies, merendaremos y después continuaremos el viaje.

—¡Jo! ¡Yo tengo mucho calor y me quiero bañar! —gruñe Carla.

—¡Va, Yaya! ¡Deja que nos bañemos un poco! —Lucía intenta convencer a su abuela.

—¡Que no! Ya os bañaréis mañana en la piscina del pueblo, que esta agua está muy fría.

Lucía se aproxima al cauce del río, introduce su mano en un pequeño remanso de escasa profundidad —donde los lugareños deben refrescarse durante el verano— y exclama:

—¡Pero si no está fría, Yaya! ¡Mira, Carla! ¿A que no? Además, llevamos dos toallas grandes en la maleta y nos podemos secar con ellas.

—¡Que no! —se niega el abuelo—. Si queréis remojaros los pies, me dais la mano y nos metemos los tres juntos, pero de bañarse nada de nada. ¿¡Entendido!?

—¡Jo, yayo! Pues yo estoy sudando y voy a meterme —Carla sigue en sus trece.

—¡Venga, Yayo! ¡Deja que nos bañemos! ¡Un poco y ya está, porfa! —propone Lucía. —¡Que no! ¡No seáis pesadas que no os vais a bañar! Os remojáis los pies o recogemos las cosas, subimos al coche y continuamos el viaje. Que aún nos falta un buen trozo.

—¡Pues yo ya no tengo hambre! —protesta Carla.

—¡Jolines! —resopla Lucia.

Al ver que no parecen dispuestas a ceder, el abuelo finge guardar las galletas.

—¡Bueno…! Nos comemos las galletas y luego metemos los pies —transige Carla.

—¡Venga, vale! Hacemos lo que tú dices, Yayo. Yo quiero cuatro.

—Yo, igual que Lucía —Carla muestra cuatro dedos de su mano derecha.

—¿Tenemos agua fría? Tengo sed —pregunta Lucía, saboreando la pasta.

—Claro. Llevamos una botella grande y dos pequeñas dentro de la nevera portátil.

—Esta para mí —Carla extiende la mano hacia la botella que extrae su abuela.

—Yo lo he dicho primero— se queja Lucía adelantándose a su hermana.

—¡Tengamos la fiesta en paz! —tercia el abuelo—. Hay una para cada una.

Después de merendar, el trío se mete en el río. Caminan de arriba abajo por la charca y, con el chapoteo, acaban todos con los pantalones empapados y las camisetas como si los hubieran regado con una manguera, de tal forma que, al volver al coche y reemprender el viaje, ya casi no vuelven a necesitar el aire acondicionado.

Una hora antes de finalizar el viaje, Carla vuelve a las andadas:

—¿Cuándo llegamos? ¡Tengo pipi otra vez!

—Ya casi llegamos. Vamos a contar los pueblos por los que pasamos. Verás que pocos.

Varias aldeas después, cuando los rayos del sol flirtean con las crestas del puerto de Villatoro, al abandonar una rotonda, emergen las primeras casas de Ávila capital.

―¡Bien! ¡Ávila! ―grita Lucía, que reconoce la ciudad que aparece frente a ellos.

 ―¿Ya hemos llegado? ―pregunta Carla con mirada de felicidad.

―¡Sí! Ya estamos en Ávila, pero aún nos falta un poco para el pueblo ―dice el abuelo.

―¡Jolín! ¡Pero yo quiero llegar ahora! ―protesta Carla, harta ya de coche.

―Pues aguanta un poco más y ya está ―intenta convencerla la abuela.

Rodando en paralelo al río Adaja por el Valle Amblés, cuando el día busca el pijama y se dispone a liberar los primeros bostezos, llegan a su destino.

—¡Solosancho, al fin! —exclama Lucía alzando los brazos al cielo.

—¡Solosancho! ¡Solosancho! ¡Solosancho! —grita Carla sin parar de aplaudir.

Nada más aparcar frente a la casa del pueblo, las niñas abandonan el vehículo con cara de felicidad y comienzan a saltar en medio de la calle. Después de descargar el equipaje, piden permiso para ir a ver a la tía Loli y tía Basi.

Los abuelos se lo conceden, advirtiéndolas que tengan cuidado con la calle y que permanezcan allí hasta que ellos vayan a buscarlas.

De inmediato, echan a correr calle arriba y nada más pisar el pueblo, una de ellas ya tiene las rodillas desolladas. Esa no será la última raspadura que se lleven de regreso a la ciudad. Pero qué es una herida en comparación a los muchos recuerdos que perdurarán para siempre en su memoria: las mañanas en la piscina con Noé, Leo, Jimena, Nerea o Miren; las bicicletas, el monopatín y los juegos en la calle por la noche; las tardes en Salobralejo en casa de Raúl, Chari, Laura y Eire jugando con Coco, las galletas y los gatitos de Marisol y Alejandro, los caramelos de tía Dolores, los columpios de la escuela; las visitas a Muñogalindo a casa de tía Esther para jugar con la otra Lucía y su hermana Alba o a la tirolina del parque; los baños en la piscina natural del Tormes; los castillos inflables de La Villa; las salidas al campo con Layla y su perro o Andrea y sus perritas; los paseos al lado de las murallas de Ávila y los helados de La Flor Valenciana; las chuches de tía Loli, el ir a comprar solas o a buscar agua a la fuente, los macarrones de la abuela, trasnochar y levantarse a las tantas… y la infinidad de aventuras veraniegas que los niños de pueblo suelen disfrutar y que requerirían de un número ilimitado de páginas para poder ser contadas.  

Relato publicado en El Diario de Ávila.
Lunes, 26 de agosto de 2024
.

Texto: Moisés González Muñoz.
Ilustración: Olivia Álvarez Mensuro.

 

lunes, 8 de enero de 2024

Las botas de goma

Las botas de goma (Moisés González Muñoz)
(Relato navideño publicado el Domingo, 7 de enero de 2024, en el Diario de Ávila).                         

Hace días que nos dieron las vacaciones de Navidad y hemos vuelto al pueblo, como hacemos casi todos los años por estas fechas desde que yo recuerdo. Mis hermanos, mis primos y yo estamos encantados de pasar estos días con los abuelos, pero no sé si ellos pensarán lo mismo, pues somos tantos que su casa parece una colmena. Para dormir, nos vemos obligados a compartir las camas habituales y otras preparadas para la ocasión. En una alcoba de la sala duermen mis tíos, que han venido de Asturias con su hija; en la otra uno de mis hermanos medianos, con dos de mis tíos que aún permanecen solteros, y en la cama plegable, que han colocado junto al aparador, mis padres con mis dos hermanos pequeños, los gemelos. En la de la salita duerme mi tía, con tres de mis hermanas medianas, y en la principal, mis abuelos fingen descansar en la cabecera, mientras a sus pies patalean tres más de sus nietos. Además, y como no cabemos todos en el piso de abajo, algunos nos vemos obligados a ocupar las dos camas pequeñas que hay en el desván; mi otro hermano mediano y yo en la del fondo, junto al ventanuco que no tiene cristal y que en invierno sellamos con sacos, y mis dos hermanas mayores en la que hay nada más subir la escalera. A mí no me gusta dormir allí, porque al estar las trojes y la cuba que contiene el pienso para el ganado, a veces veo corretear algún ratón por el suelo y me da un repelús que no veas. No lo sabía, pero anoche le oí cuchichear a mi hermana mayor que a ella tampoco le hace mucha gracia aquel dormitorio y ya no me siento tan… gallina. Aunque, ¿y si se sube a la cama el ratón y se mete entre mis sábanas? ¡Mejor ni pensarlo! ¡Que me da un patatús que me muero!
Este año, diciembre se ha vestido con sus mejores galas y la noche de Navidad nos ha regalado un precioso manto de nieve que lo cubre todo. Nada más despertar, salto de la cama, bajo descalzo hasta la cocina y me siento en el escaño de madera para desayunar mi tazón de leche con galletas. Mi abuela dice que la leña está húmeda y por eso hoy la lumbre tira tan mal. Una nube de humo grisáceo que se niega a salir por la chimenea, lo entela todo y me cuesta respirar. De repente me atraganto y un golpe de tos provoca que varias gotitas de leche salgan de mi boca y se estampen contra la pared. Por suerte, mi abuela ha salido un momento y nadie se entera. Limpio la estampación con la manga del jersey y sigo con mi desayuno. Cuando doy el último trago al tazón, entra mi madre con unas botas de goma, negras, viejas y sin forrar, para que me las ponga. No sé si será por la temperatura de la cocina, que te abrasas por delante y te arrices por detrás, por el frío que hace dentro de casa o porque son las del año pasado, pero noto que me aprietan y tengo que mantener los dedos de los pies encogidos. No importa. No diré nada, porque si me quejo y me las tengo que quitar no podré salir a jugar con la nieve. Nada más pisar el corral noto que un cosquilleo recorre mi cuerpo ―estoy seguro de que no es por el frío, pues parece que se me haya pasado de repente― y me emociono ante aquel espectáculo de la naturaleza. Aunque es pleno invierno, el sol ha vencido a las nubes y, al reflejar sus rayos en la nieve, tengo que cerrar los ojos unos momentos. Por el cielo encapotado veo cruzar una bandada de tordos en dirección a los cercados. No sé qué irán buscando, si está todo sepultado por la nieve. Con una sonrisa de oreja a oreja, me acuerdo de mi amigo, seguro que él piensa que hoy es un buen día para poner los cepos. Todo el corral (el suelo empedrado, los poyos de granito, la pila de fregar, el comedero de los cerdos, el albañal… todo) está enterrado bajo una gruesa capa de algodón, salvo unas huellas que se hunden en dirección a la cuadra y al pozo, cuyo brocal ahora sí veo que tiene un trozo limpio. No tengo ninguna duda de que las pisadas más grandes son de mi abuelo, que habrá ido a echar de comer a las vacas, y que las pequeñas pertenecen a mi abuela, al ir a sacar agua para calentarla. Camino de la calle, para no malherir más el suelo, voy poniendo los pies en los agujeros que antes ha dejado mi abuelo. Sería un pecado mortal destrozar aquella preciosa alfombra con mis suelas de goma. Una vez en el exterior, me divierto un rato pisando dentro de las marcas que los más madrugadores han labrado en la nieve. Lo hago con agilidad y soy tan feliz como si fuera montado en la alfombra de Aladino. Al llegar a la carretera me doy cuenta de que para cruzar al otro lado tendré que dejar las huellas de los demás y herir con las mías la sábana tendida durante la noche. Dudo por un momento si mancillar aquel tapiz, para ir en busca de mi amigo, u olvidarme de todo y seguir disfrutando de aquel blanco inmaculado. Al final me decido a continuar con mis planes y, mientras camino hacia su casa, me percato de que, aunque luce el sol, hace un frío del demonio. Entonces me pregunto por qué los mayores dirán eso, pues creo que si el señor cura nos ha repetido mil veces que el diablo vive en el infierno, allí debe de hacer un calor insoportable. Según avanzo por encima de aquella capa algodonada, voy escuchando fascinado el crujir de mis pasos al aplastar la nieve virgen contra el suelo. Cerca de mi destino, al pasar junto a un pajar, me fijo en los carámbanos que cuelgan del tejado. El deshielo provocado por el sol invernal, unido a la frigidez que congela el ambiente, va dando forma a una mágica hilera de pirulís. Fascinado por el caer de las gotas que no han sido atrapadas por el hielo, descubro los cráteres que estas van cavando al horadar la nieve que tapiza la calle, aún sin asfaltar.

Guiado por la curiosidad, miro a todas partes para cerciorarme de que no hay espías al acecho y empiezo a saltar para apoderarme de una de aquellas radiantes estalactitas. Sin embargo, lo único que consigo es pisotear la esponjosa nieve y, al hundirme en un remolino hasta las rodillas, noto que una porción de ella se cuela en mis botas de goma para, al instante, comenzar a fundirse y mojarme los calcetines. Tras varias tentativas fallidas, me percato de que mi boca parece la chimenea de un tren de vapor, pues mis exhalaciones de cansado, al chocar con la temperatura que congela el aire, producen un vaho semejante al humo de una caldera en ebullición. Derrotado, me alejo del pajar y me presento en casa de mi amigo. Llamo a su puerta y sale su madre. Me pregunta qué hago allí con el nevazo que ha caído. Me invita a entrar, pero yo rechazo la oferta. Cuando estoy a punto de irme, aparece mi amigo en el portal y, desoyendo los consejos de su madre, nos vamos juntos a patear las calles del pueblo. Como sigo obsesionado con los carámbanos, le digo a mi amigo que nos podríamos agenciar un par de aquellas espadas de hielo y él está conforme. Nos acercamos al lugar de los hechos y, al ver que no alcanzamos, nos las ingeniamos para lograr el objetivo. Él junta sus manos a modo de estribo y me pide que ponga un pie como si fuera a subir al caballo. Aunque está tan flacucho como yo, consigue levantarme y aguantar un rato hasta que toco el pirulí, pero al aferrarme al hielo, este se rompe y doy con mis huesos en la nieve. Otro montón se cuela dentro de mis botas y ahora sí que los calcetines corren peligro. Como no hay ninguna piedra libre para sentarme y quitarme las botas, lo intento a pata coja, pero al sacarme una de ellas, me desequilibro y el pie acaba hundido en la nieve. Nos entra la risa y lo repito con la otra bota. Ahora me apoyo en su hombro, pero él, que se está carcajeando, se agacha y vuelvo a desequilibrarme. Total, el otro pie también apoyado en la nieve y ambos calcetines empapados. Entre la humedad y que las botas no son de mi talla, me cuesta un buen rato volver a calzarme. Cuando por fin lo consigo, tengo los pies ateridos, los dedos doblados como si fueran garras y me duelen las uñas clavadas en la puntera. Maldita sea. Si voy a casa a cambiarme y digo que se me ha mojado un pie me van a echar un buen rapapolvo, pero cuando vean que llevo los dos chorreando me va a caer un buen coscorrón y adiós calle.

Descartada la vuelta al hogar ―ya llegará el momento de saldar cuentas― y como a cabezotas no nos gana nadie, nos acercamos a una cochera próxima y nos agenciamos un par de palos de encina cortados para la lumbre. Felices por nuestra astucia, volvemos al pajar canturreando un villancico que habla de unos peces que beben en un río. ¡No sé cómo lo van a conseguir si aquí hoy la zanja está toda congelada!

Una vez junto al puesto de los carámbanos, buscamos dos de los más grandes y con la rama usurpada al vecino intento dar un zurriagazo al primero. Tanta es la energía que empleo en el golpe, que arranco el hielo de cuajo y este se estampa contra la pared y se hace añicos, antes de hundirse en la nieve. Escrutamos de nuevo el horizonte para cerciorarnos de que nadie está pendiente de nosotros y, al no hallar espías en la costa, mi amigo retoma la lucha con nuestro objetivo. Se ve obligado a repetir la misión varias veces, pues cuando no destroza el hielo con el golpe, este se hace pedazos al chocar contra el suelo, hasta que por fin consigue su propósito. Una aguja de hielo de más de una cuarta descansa en mi mano como si fuera un puñal. Nada más apresarla con mi mano, noto que el frío húmedo entra por la palma, congela mis huesos y me engurruñe los dedos, para acto seguido empezar a fundirse y en su goteo mojarme el pantalón y, aunque no estoy seguro, colarse también en una de mis botas. De pronto el frío recorre mi cuerpo y me doy cuenta de que llevo los calcetines como si me sudaran los pies. Sin embargo, sé que no es sudor, sino agua de la nieve que se ha colado dentro de las botas. Además, si fuera sudor, tendría los pies calientes y no ateridos, con los dedos yertos y como si me clavaran agujas en las uñas por culpa de las botas que me aprietan.

Estamos tan contentos con nuestros puñales de hielo que nos hemos olvidado por completo de los cepos. ¡Mejor para los tordos y gorriones! ¡Un día más que les queda de vida si consiguen encontrar bocado entre la nieve! Vagando por el pueblo no nos hemos percatado de que se ha ocultado el sol y el frío nos está dejando la nariz, las orejas y los dedos de las manos insensibles. De pronto, cuando se nos ha fundido un buen trozo del puñal, se oye un grito a lo lejos. Al principio no consigo descifrar quién lo emite ni qué dice la voz estridente, pero, tras prestar más atención, me entra un escalofrío. Creo que te están llamando, dice mi amigo. Pero yo me niego a admitir que quien vocifera sea mi madre. Me pego a la pared, pero ella se coloca en medio de la calle y me ve. Grita mi nombre mientras hace gestos con una mano para que vaya a su encuentro. No sé si alguien nos habrá pillado jugando con el hielo y se habrá chivado o si solo me está pidiendo que vuelva a casa al ver que el día se ha vestido de gris y el frío acuchilla.

Sin opción de llevarle la contraria, me despido de mi amigo y pongo rumbo a la casa de mis abuelos. Nada más pisar la cocina me siento frente a la lumbre y, al poner las manos ante las brasas enrojecidas, un dolor insufrible asciende por mis dedos hasta clavarse en mi cerebro. Con el calor del fuego me empiezan a picar los sabañones de las orejas. Aunque sé las consecuencias, no puedo parar de rascarme. ¡Menudo martirio! Atrapado por el suplicio, veo a madre aparecer con una caja de zapatos.

―¡Quítate las botas! ―dice con voz imperante.

El corazón me da un vuelco y, mientras la miro como el reo al que ya han condenado, pienso que las madres son como las brujas que lo saben todo. Me hago el despistado al ver cómo extrae un manojo de palitos de la caja, perfectos, labrados, cilíndricos y de varias longitudes. Estoy helado de frío, pero empiezo a sudar nada más oírla decir:

―¡Vamos, descálzate, espabila que es para hoy, que te voy a medir el pie para pedirle unas botas nuevas a los Reyes Magos!

Aunque me hago el remolón, tengo que claudicar. Mis pies están chorreando y se han vuelto del color de la malva. Me llevo una bronca de aquí te espero y un buen cachete.

***

El día de Reyes aún me sigo medicando. Ayer, por fin, dejé la cama. Ya no tengo fiebre y no me duelen las anginas, pero sigo tosiendo como una locomotora. Sus majestades de oriente ―supongo que aconsejados por mi madre, como castigo o vete tú a saber― solo me han traído alguno de los muchos juguetes que pedí. Eso sí, no se han olvidado de un par de botas de goma negra, forradas con piel de oveja, que me van un poco grandes.

©Moisés González Muñoz
Ávila, Domingo 08 de enero de 2024.