martes, 28 de julio de 2020

De aquellos cuentos, estos libros. (Tribuna de Ávila).

De aquellos cuentos, estos libros.Uno de los mejores recuerdos de mi infancia se remonta a finales de años 60. Mi familia, súper numerosa, me obligaba a compartir habitación ―o alcoba, dependiendo de la casa― y cama, con mis hermanos: las niñas en una y los niños en otra. En invierno, cuando las nieves de antaño vestían el pueblo de blanco algodonado, y no podíamos ir a la escuela o no teníamos clase al ser domingo, nos juntábamos la mayoría de los hermanos en una habitación y nos apretujábamos en las camas de colchones de lana ―al garete la segregación sexista que promulgaba el régimen―. Aquellas rudimentarias viviendas carecían de calefacción y el fuego de la lumbre apenas caldeaba la cocina. Entonces mis padres repartían unas cuantas galletas María y nos “invitaban” a permanecer un ratito más al calor de las mantas para combatir el frío. Acto seguido se producía el milagro y, despiertos, comenzábamos a soñar. Raquel y Esther ―las hermanas mayores― iniciaban el ritual y encendían la llama de la imaginación. Con parsimonia, abrían la manoseada caja de cartón y extraían unos libros de cuentos que nos transportaban a un mundo lleno de aventuras. Mientras nosotros masticábamos las deliciosas ruedecitas de harina horneada, ellas iban desgranando lo que se escondía entre las letras de aquellas páginas. En silencio, escuchábamos embelesados las historias de príncipes, hadas, brujas, mendigos, ladrones, monstruos, magos, buenos y malos… y toda la sarta de personajes que emergían de sus voces. Así fue como me inicié en el mundo de los libros. De no ser por ellas, probablemente yo hubiera sido un buen zoquete, pues, por aquella época, no me gustaba nada leer, aunque me encantaba lo que se escondía tras las letras si me lo descubría otro.
Alcanzada la niñez, entre las penurias de aquella época, en el entorno rural, destacaba la ausencia de papel higiénico ―años más tarde alcanzaría la gloria el famoso «El Elefante», cuya desabrida textura rascaba como la lija y te dejaba el trasero en carne viva―. Aunque en realidad, para qué tanto lujo, si la ausencia de inodoros, en la casi totalidad de la viviendas rurales, obligaba a los lugareños a plantar el pino en la cuadra, tras la pared del huerto, a la sombra de un árbol o en el campo, al aire libre. Así que lo de limpiarse el ojete era algo secundario, y unos hierbajos, una piedra lisa o un trozo de papel encontrado al azar servían para tal función de manera perfecta. Por suerte, en el último pueblo al que destinaron a mi madre de maestra, nos encontramos con un reluciente sanitario y ascendimos al altar de los privilegiados. Mis padres, para más inri, dos personas estrafalarias que compraban el periódico  cada día (aunque llegaba a nuestra casa con veinticuatro horas de retraso) no solo lo leían de arriba abajo, sino que, tras el meticuloso descifrado, conferían a aquel papel tintado de gris el valor de una joya... El citado Diario, además de transmisor de la actualidad provincial, nacional y de las noticias de alcance mundial que cuadraban con las ideas del régimen, en su día a día, lo empleaban como recurso habitual y le daban infinidad de usos domésticos: anotar encargos, secar por dentro los zapatos, envolver los bocadillos, empaquetar huevos, proteger vasos y platos, forrar libros, servir de pisadera para el suelo recién fregado… y ¡oh, sorpresa¡ como sustituto del desconocido (por lejano aún para nosotros, «El Elefante»), papel higiénico para el novedoso retrete. ¡Pobre pareja!, jamás imaginaron que aquellas páginas divididas en cuatro trozos desiguales, antes de desaparecer por el infecto agujero, se convertirían en otra de mis ventanas hacia el mundo de las letras. Al principio, cuando me apremiaba la necesidad fisiológica, me sentaba en la taza y leía con tranquilidad las noticias deportivas seccionadas que se escondían entre aquellas páginas rasgadas. Hasta que en uno de mis escasos días de lucidez descubrí que, si antes de acomodar mis posaderas en el agujero me preveía de un ejemplar intacto del Diario, podía disfrutar del artículo en su totalidad. No tengo claro si fueron las gestas deportivas que venían impresas en aquel papel sembrado de letras o fue el blanco amarfilado del sanitario los que me hicieron decantarme por el equipo merengue, que ganaba casi todas las ligas de la década, y, por contra, renegar de los leones, de rojo, blanco y negro, los cuales, por entonces, arrasaban al final de cada temporada en la copa del generalísimo.
En época de pantalón corto, desterrado del pueblo por mi grotesca implicación en las tareas escolares ―los juegos callejeros, mis amigos, los animales domésticos y el campo, estaban muy por encima de las tareas estudiantiles― di con mis huesos en un internado. Allí, mientras masticaba mi encierro, añoré la libertad perdida y recordé todo lo bueno que había dejado atrás por culpa de mi mala cabeza. Entre aquellas impenetrables paredes me topé con un par de tipos de infausto recuerdo, pero también forjé grandes amistades, que aún perduran y espero me acompañen durante el resto de mis días, y me adentré en el maravilloso mundo de los Tebeos. A lo largo de aquellos tres inolvidables años, durante las horas de estudio y algunas clases, escondidos debajo de los libros o entrando y saliendo del cajón de la mesa, burlando la vigilancia de cuidadores y profesores dispuestos a darnos un capón, un tirón de orejas o un vil guantazo, si nos pillaban leyendo aquellas «infamias», disfrute de Zipi y Zape, Mortadelo y Filemón, Jaimito, Rompetechos, El Capitán Trueno o La Familia Cebolleta, entre otras reliquias. Pero como todo no iban a ser afrentas al saber, quedé embelesado por «El vaquerillo» de J. Mª Gabriel y Galán y me dejé mecer, como el trigal de mayo, por la magia sentimental de los Campos de Castilla del gran Antonio Machado. Para mi desventura, por entonces la novela no me decía gran cosa: demasiadas letras en cada libro para un pésimo lector como yo.
En plena adolescencia, el destino quiso que mi reclusión en el internado llegara a su fin y una nueva aventura estudiantil, en un Instituto mixto, me transportó de manera definitiva al paraíso de las letras. Todo sucedió en una clase de literatura, cuando la profesora, ya fallecida y a la que siempre llevaré en el recuerdo, me entregó una lista de libros entre los que yo debía escoger 4 de lectura obligatoria para todo el curso. Con suma indiferencia me decanté por la trilogía de Pío Baroja «La lucha por la vida» y por «El Camino» de Miguel Delibes. Inicié el presagiado tormento literario con la lectura de «La Busca» y, para sorpresa mía, me encantó, pero como soy el espíritu de la contradicción, aparqué las dos siguientes obras de Baroja y me adentré en la magia de «El Camino», del gran maestro Don Miguel Delibes Setién. Esa fue mi perdición. Aquella historia parecía hecha a mi medida. Me veía reflejado en ella como si fuera el protagonista de sus aventuras. Los personajes, el lugar, el ambiente, el paisaje castellano, las alegrías, los sinsabores y las emociones me eran absolutamente familiares y cercanos.
Ser querer, y con quince años, caí en el embrujo de las letras y en él sigo atrapado todavía. Por aquel tiempo descubrí, además, que mi madre era una adicta a los libros y me aficioné a leer los relatos de la revista Reader’s Digets, que aparecía con puntualidad por nuestra casa todos los meses. Poco después, de manera enigmática, me percaté de que ante mis ojos se encontraba la repleta e impresionante biblioteca de mis progenitores (qué aficiones más raras cultivaba mi madre: ¡era socia del Círculo de Lectores y coleccionaba libros!). Aquel hallazgo me devolvió de nuevo a Machado, y Gabriel y Galán, y puso ante mis ojos a otros genios de la literatura, ajenos para mí hasta la fecha, pero que me han acompañado durante toda mi vida: Unamuno, Valle Inclán, Pérez Galdós, Gª Lorca, C. Andersen, Ch. Dickens, E. Bronté, Dostoievski, Tolstói, Camús, Hemmingway, S. Fitzgerald, Steinbek, E. A. Poe. Kafka, Kerouak, O Wilde, Graham Grim, Frederick Forsyth, Noah Gordon, Ken Follet, y también Cela, C. Laforet, C. Martín Gaite, Vázquez Figueroa, J. Semprún, Vargas Llosa, Ana Mª Matute, E. Mendoza, Almudena. Grandes, J. Navarro, Muñoz Molina, Ruiz Zafón, J. Cercas, I. Falcones, Jean Marie Auel, Christian Jack, Stieg Larsson, Asa Larsson, Camilla Läckberg, Khaledh Hosseini, el inigualable Don Miguel de Cervantes (aunque debo reconocer, para escarnio propio, que me costó varios intentos dejarme embaucar por la ingeniosa labia de Don Quijote y la acervo refranero de Sancho Panza), varios compañeros de la Sombra del Ciprés, a los cuales no mencionaré para no dejarme a ninguno en el tintero, y otros muchos maestros de las letras.
Cincuenta años después de aquellos cuentos infantiles de cama, de mis muchas lecturas y de mi innata capacidad parar pisar charcos, crucé la línea roja, invadí el mundo de las letras y me lancé a crear mis propias aventuras. No sé si el resultado demostrará que aprendí algo de tan cultivado elenco de maestros, y, de ser así, se lo deberé a ellos, a mis hermanas, a mis padres y a mis profesores. Pero si por el contrario no he sabido dotar de una mínima calidad literaria a mis obras, solo se deberá a mi incapacidad parar extraer la sabiduría que destilan las lecturas que me han acompañado durante mi vida, pues, ¡una cosa es predicar y otra dar trigo!
Lo que nadie me podrá quitar jamás es la cantidad de maravillosas experiencias que he vivido a través de los muchos personajes y tramas de cuentos, periódicos, tebeos o libros. Sin la lectura, mi vida no habría sido igual de fascinante; difícilmente hubiera podido imaginar esas aventuras imposibles; nunca habría viajado a lugares tan inaccesibles; mi mente no hubiera vagado por mundos ficticios; y, con total seguridad, me habrían engañado con más asiduidad de lo que lo han intentado algunos. Si leer es vivir, sentir y emocionarse, con las aventuras y desventuras de otros, yo tengo la suerte de haber vivido muchas vidas ajenas, en carne propia.
Los lectores habituales seguro que habréis disfrutado de la lectura como yo. Los que aún no habéis abierto la puerta del tesoro, espero que encontréis la llave cuanto antes.
¡Nunca, mi tiempo libre, estuvo mejor empleado que el que perdí entre las letras!
© Moisés González Muñoz.
Ávila, 27 de julio de 2020.

jueves, 9 de julio de 2020

Alma de pueblo

Día de perros. Aguacero implacable. Viento que aúlla por entre los cipreses como lobo enjaulado. Rostros contraídos. Miradas dolientes, anegadas por lágrimas de acero. Manos flácidas que regalan abrazos de hielo. Ambiente de congoja, vacío y lamento.
La última palada. Mirada perdida al marchar. Adiós a una vida en común. Paraguas que arrastra los pies embarrados de vuelta al hogar, mientras la muerte tañe desde el campanario. En el pueblo, puertas cerradas y mascarillas escrutando tras ventanas.
En casa… soledad y silencio. Soledad que lo encierra todo y silencio que desgarra el alma. Ronroneo, junto a la lumbre, añorando el calor de un fuego ya extinto. Mirada lánguida que se pierde entre las almas solitarias. Maullido lastimero ante la falta de ella.  Cuatro patas que se alejan por el tejado para no regresar nunca jamás. El adiós.
Noche eterna. Gélidas las sábanas, el silencio acuchilla la llaga del dolor. Tic, tac, tic, tac… ¡maldita oscuridad! Al alba, por fin, el sueño vence. Amanece. No para ella.
Días después, en plena pandemia, empaqueta sus cosas. Boina calada, barba de varios días, pantalón de fiesta y zapatos embetunados. Lágrimas de hiel al amontonar el pasado en la maleta. En la calle, el coche que le alejará del pueblo para siempre.
Viaje interminable, triste, solitario. Embrollo de coches, ruido infernal y aire viciado. Ríos de sombras pateando el asfalto. Habitación espaciosa, limpia e iluminada, con muebles lujosos pero sin recuerdos. Sofá, televisión, soledad y encierro. En su mente el pueblo, la naturaleza, los amigos y la libertad. Días perdidos, oscuros, eternos, seguidos de noches de insomnio y lamento.
De pronto la luz. Entre las máquinas, tubos y médicos los ojos de ella tras la mascarilla. Se miran. Sonríen. Piensa:
«Adiós pesadilla. Dentro de unos días, volvemos al pueblo».

© Moisés González Muñoz
09/07/2020

martes, 9 de junio de 2020

El olor del recuerdo.

     Habían pasado más de dos años desde la última vez que estuvimos allí. El tiempo, sin embargo, no había podido borrar de mí mente aquel idílico paraje. Nada más abrir la puerta del coche, antes incuso de poner los pies en el suelo, el inconfundible olor de la sierra me embriagó una vez más. La brisa mañanera acarició mi rostro y su frescor despertó mis sentidos. Una ola de recuerdos me invadió de golpe, como si yo la hubiera convocado a la cita. Sin dudarlo, cogí la mochila y el bastón de retama (que antes habían sido de su propiedad) y me adentré por el camino que ascendía entre el roquedal. Tras recorrer un corto trecho en silencio, como un autómata, me detuve junto a un peñasco. Anclado al suelo, cual efigie labrada en el granito, abrí las manos y encaré las palmas hacia arriba. Inhalé el perfume que transportaba el viento y esperé a que el sol comenzara a despuntar por el horizonte, tras la cresta de la montaña. Instantes después, los potentes rayos solares hicieron su aparición a la espalda del picacho nublándome la vista. Deslumbrado, cerré los párpados, levanté la cabeza hacia el impoluto cielo azul que nos cobijaba y me dejé arrastrar por las emociones y la magia del lugar. Mientras dos lagrimas se deslizaban por mis mejillas, percibí el rumor del agua que discurría por la hondonada. El líquido, alegre y saltarín, humedecía con su melódica cantilena el lecho del riachuelo que recogía las aguas procedentes del deshielo. No sé cuánto tiempo estuve perdido en la ausencia. Fue el gorjeo de unas aves el que, rasgando la aureola de paz que arrullaba mi aturdimiento, me rescató de la ensoñación. Entonces volví a la realidad, aspiré lentamente el aroma de la sierra, me froté la cara con las manos y entreabrí los ojos. Con parsimonia, me incorporé y al mirar hacia la izquierda descubrí que tú estabas junto a mí, de pie, apoyándote en la roca que había amortiguado mis lamentos. Cruzamos nuestras miradas durante unos segundos pero ninguno de los dos rompió el silencio. Poco después, apoyé el bastón en el suelo, me incorporé y comenté con voz pausada.
     ―No te había oído llegar ―me ajusté la mochila―. ¡Vámonos! ―agregué, y eché a andar con paso cansino.
     ―Ya me he dado cuenta ―contestaste tú―. ¡Voy! ―y seguiste mis pasos.
     Durante un buen rato, la quietud solo se vio alterada por el ruido de nuestras pisadas. Justo antes de alcanzar la segunda loma, el camino empedrado dio paso a una pradera serpenteada por un riachuelo. Al acercarnos al puente de piedra que salvaba el caudal, una preciosa yegua castaña, que abrevaba en aquellas aguas cristalinas, se percató de nuestra cercanía. Espantada, aparcó la sed y se alejó trotando, seguida por su alborozado potrillo, en dirección hacia la manada que ramoneaba junto a un precioso semental de color azabache.
     ―La próxima vez que vengamos a Gredos lo haremos a caballo ―anuncié.
     ―Perfecto. Ya sabes que me encanta cabalgar ―afirmaste con la cabeza.
     Dejamos atrás el río y acometimos la última pendiente. Esta, empedrada otra vez, resultó ser mucho más inclinada y dificultosa de superar que la anterior. Nuestra agitada respiración marcó el ritmo de la subida hasta alcanzar la cima. Una vez frente a la fuente, sudorosos y jadeantes, rellenamos las cantimploras y nos sentamos en el muro del abrevadero para recuperar fuerzas y aplacar la sed. Poco después, comenzamos a dar cuenta de nuestros bocadillos.
     ―¿Lo has visto? ―susurré, dejando de masticar y señalando con la mirada hacia la ladera florecida que se extendía frente a nosotros.
     ―Sí ―respondiste tú, con la vista clavada en los piornos―. Están preciosos en esta época del año ―y añadiste, sonriendo―. Me encanta ese color dorado y la fragancia que desprenden sus amariposadas flores.
     ―No me refería a los piornos ―aclaré, templado―. ¡Me refería a lo «otro»! ―y enfaticé lo de «otro» para que tú te fijaras con más detenimiento.
     Sin tiempo para que pudieras descifrar mi secreto, la figura de un soberbio macho montés apareció entre los piornos. El animal, al ver que nos hallábamos en su territorio, agitó enérgicamente la cornamenta y nos desafió con la mirada. Acto seguido nos dio la espalda y escapó, altivo, entre la espesura del piornal.
     Mientras degustábamos los deliciosos bocadillos y hablábamos de lo que nos había llevado hasta aquel lugar, nuestras mentes retrocedieron al pasado.

 ***
     «Un año antes habíamos programado una excursión a Gredos, los tres juntos, para la primavera del 2020. A primeros de marzo, dos meses antes de nuestra cita con la montaña, se desató la pandemia y tuvimos que aplazar la ruta por tiempo indefinido. A mediados de ese fatídico mes nos confinamos en casa para librarnos del virus. Días después, cuando ya creíamos estar a salvo de la infección, él se levantó con tos, dolor de cabeza y unas décimas de fiebre. Al principio no le dimos mucha importancia y lo achacamos a un simple resfriado. En previsión, contactamos el Centro de Atención Primaria y nos dijeron que se quedara en casa, pues los hospitales estaban colapsados y sus síntomas no parecían graves. Tras una semana de encierro, comenzó a ponerse nervioso, algo impropio en una persona tranquila como él. Aquella tarde, al salir al patio, perdió el equilibrio y se cayó. Le ayudé a incorporarse y regresamos al interior de la vivienda. Achacamos lo sucedido a un simple tropezón. Sin embargo, horas después, al levantarse de la mesa después de cenar, se desplomó de nuevo, cayó de espaldas y se golpeó en la cabeza. Un espantoso charco de sangre inundó el suelo de la cocina. Tras una cura de urgencias le acostamos. Parecía recuperado y se durmió. El nuevo día nos despertó con una aterradora revelación: tú amaneciste con los mismos síntomas que él había presentado días atrás. Una semana después, mientras tu luchabas a brazo partido con el virus, él, casi centenario, amaneció inconsciente y ya no volvería a ver la luz. Aquella misma noche nos dejó para siempre.

 ***
     Ha transcurrido más de un año desde entonces y aquí estamos tú y yo, en plena de la naturaleza, embriagados por el color y el olor de los piornos, para concluir lo que dejamos pendiente y rendirle el homenaje que se merecía.
     Apenado, he seccionado su bastón en varios trozos, y, tras dispersarlo entre los matorrales, he recogido un ramillete de piornos florecidos para él.
     Hoy, al atardecer, lo depositaré en su tumba para que recuerde el olor.

© Moisés González Muñoz
Gredos, 08/06/2020

martes, 2 de junio de 2020

El Club de los fracasados (Tribuna de Ávila).

     Fracasados.
Por desgracia, prendarse de la escritura y cortejarla con pasión no siempre conduce al altar. Una cosa es amar y otra ser correspondido. Por ello, hay autores que creen que escribir es como entregarse a una ninfa despechada que no siempre recompensa al enamorado. Visto así, es factible pensar que escribir sea lo más sencillo (otra cosa es hacerlo bien), pues, publicar, con una editorial seria, se ha convertido en una odisea (se impone la autoedición) y vender muchos libros, se antoja una utopía (¡Gloria a los elegidos!). Nada nuevo bajo el sol, si tenemos en cuenta el reguero de «fracasados» que ha ido dejando la literatura a lo largo de su historia. No hace falta alejarse mucho, aunque si hacerlo en el tiempo, para descubrir que el ingenioso Miguel de Cervantes Saavedra, el autor de la obra más importante de la literatura castellana, nunca vio recompensado su esfuerzo y apenas si recibió regalías por su obra, pues esta fue pirateada en su primera edición. Si cruzamos el charco, veremos que Edgar Allan Poe, el maestro del terror, fue el precursor de una generación donde se veía al escritor como alguien pobre. Tildado de charlatán, borracho, embustero, mediocre y plagiario, vivió sin conocer el éxito y, desamparado, su fallecimiento sigue siendo un misterio. Si hablamos de escritoras, observaremos que Emily Dickinson creó cientos de poemas durante su vida, pero no logró superar la pobreza y murió en la indigencia porque la mayoría de sus parientes y amigos perecieron antes que ella. A esta lista podríamos añadir a los «pobres»: Franz Kafka (La Metamorfosis), Friedrich Nietzesche (Así habló Zaratustra), Gérard de Nerval (Les Chimères) y otros pobres «fracasados», maestros, hoy, en sus diferentes lenguas. Dejaremos para mejor ocasión a los represaliados.
Condenado.
Viendo a tan ilustres personajes «fracasar» en su empeño como escritores, tengo claro que la posibilidad de que el éxito llame a mi puerta, es inversamente proporcional al hecho de que yo ingrese en del círculo de los perturbados, mediocres y charlatanes. Consciente de mi descalabro, deberé olvidarme de los plagios, porque, si escribo para mis nietas, Lucía y Carla, eso sería uno de los peores legados que yo les podría dejar; también procuraré huir de los borrachos, pues si ya desvarío bastante estando sobrio, imaginaos lo que haría si por mis venas corriera el alcohol; además, esperaré sentado a que esta pandemia, que en sus días negros me impidió hasta leer, esta vez sí, pase de largo por mi puerta y no me arrastre al infierno de los pobres (¡de la economía, eh!). Condenado, sin remedio, al acervo de los insustanciales, doy por sentado que jamás gozaré del éxito de Óscar Wilde, y no me refiero a su vida sexual (que respeto pero no comparto), ni a su adicción al alcohol, sino a la fama que, él sí, alcanzó en su época, y a las buenas sumas de dinero que recibió por su trabajo. Aunque, como tan pronto soy el Doctor Jekyll como Mr. Hyde, no niego que sería un placer poder imitar a quien tuvo un estilo de vida tan errático, malgastó su dinero en una existencia libre de ataduras, fue encarcelado y consumió los últimos días de su existencia vagando por las calles de París mendigando dinero entre sus amigos. Lo que sí tengo claro (¡o tal vez no!) es que no imitaré a Sócrates, que murió pobre por voluntad propia, y cuyo interés se centraba en enseñar a los jóvenes, sin recibir pagos. ¡El altruismo para J. Patterson!
Línea imaginaria.
Ignorando a todos estos «fracasados», que no pudieron o no supieron disfrutar del éxito que merecían en su momento, yo me considero un individuo con suerte. «Soy un pobre fracasado». Tal vez, porque la gloria o el infierno se pueden cuantificar de tantas maneras como formas de ver el mundo hay entre las personas y la mía, es muy particular. Si, para unos, la distancia entre ambos conceptos es infinita y, para otros, conviven separados por una línea imaginaria, para mí, solo pende del sentido común. Y como soy un experto en ocultar la verdad, os diré que he realizado un minucioso estudio del que se desprenden jugosas conclusiones (yo también cocino las encuestas como el CIS y las afeito como los medios), por tal motivo, «puedo prometer y prometo» (¡vuelve, Adolfo!) que algunas editoriales creen que la mayoría de nosotros estamos destinados a ingresar en el «Club de los fracasados», pues ni les hemos hecho de oro a ellas, ni hemos salido de «pobres», nosotros. También he recabado la opinión de varios autores (¡otra patraña!) y la cuestión se ha complicado más aún, pues somos tantos, y algunos tan especiales, que me ha sido imposible obtener nada en limpio. Al final, y para no mentir por boca de nadie, he llegado a la conclusión de que todo depende de las expectativas de cada uno, y las mías son básicas. Es decir, que me limito a mantener los pies en el suelo y a ser realista para no conquistar el…¡fracaso!
El éxito.
Si tenemos en cuenta que en los últimos años se publican en España una media de 100.000 libros, es fácil entender que para alimentar el ego de tanto autor (geniales e infumables), proliferen la autopublicación, la autoedición, la coedición, las editoriales trampa (esas que obligan a adquirir elevado número de ejemplares) y, por suerte, las editoriales de verdad. Pero, como la realidad dice que la promoción de un libro es muy costosa y solo está al alcance de unos cuantos, (muchos por méritos propios y otros porque el que tiene padrino se bautiza), aquel autor que consigue dar con una editorial que apueste por él, es como si hubiera sido agraciado con el Gordo de la lotería. Visto lo cual, amigos, y ante circunstancias tan adversas, estoy convencido de que conviene valorar el «fracaso» de ver publicadas nuestras obras (sea de la forma que sea). Por eso, compañeros de letras, yo procuro que mis obras lleguen alos lectores (fuera el miedo a las presentaciones), me apunto a un bombardeo (ferias, encuentros literarios, entrevistas, mesas, congresos); disfruto con las críticas buenas (que me reconfortan el alma) e intento digerir las malas (pues me ayudan a corregir mis errores); y opino que, si tantos genios triunfaron en la pobreza, haber llegado hasta aquí es un éxito. Entre tanto ¿y por qué no?, seguiré echando borrones, con la esperanza de que, si aprendo a escribir de verdad, algún día me inviten a un trago en el Club de los fracasados.
Soñando.
Mientras sigo soñando que soy «un pobre fracasado», disfruto del privilegio de ver mis publicaciones; agradezco la llamada del miembro de un jurado para hablar de mi libro; me emociono al ver que los míos se alegran de mi fracaso; me alegro de que los libros me hayan permitido reencontrarme con antiguos amigos y profesores; me ruborizo si recibo llamadas telefónicas o correos de quienes han leído mis obras y contactan conmigo; me emociono al cruzar la mirada con Lucía (Carla aun es muy pequeña) cuando habla de «nuestro» cuento; me enorgullezco de que en los pueblos donde discurrió mi infancia me traten con tanto cariño cuando vuelvo a ellos; me siento un privilegiado por haber conocido a gente con la que jamás imaginé coincidir; tengo el honor de compartir mi afición con grandes escritores y mejores compañeros de «La sombra del Ciprés» y de La Asociación Nacional de Escritores Amateur y...
…y dicho lo cual, me gustaría saber quién ha sido el que me ha puesto orujo en la copa del agua, sabiendo que tengo prohibido el alcohol. Solo así entenderéis que todo esto no han sido sino un cúmulo de alucinaciones producidas por el coma etílico, pues, en realidad, lo que yo anhelo de verdad es dejar la bebida y, al recuperar la sobriedad, ver cumplidas las palabras de Antonio Garrido, Linares. Premio Fernando Lara 2015:
«El éxito es vender millones de libros; miente el escritor que diga lo contrario».
© Moisés González Muñoz.