martes, 2 de junio de 2020

El Club de los fracasados (Tribuna de Ávila).

     Fracasados.
Por desgracia, prendarse de la escritura y cortejarla con pasión no siempre conduce al altar. Una cosa es amar y otra ser correspondido. Por ello, hay autores que creen que escribir es como entregarse a una ninfa despechada que no siempre recompensa al enamorado. Visto así, es factible pensar que escribir sea lo más sencillo (otra cosa es hacerlo bien), pues, publicar, con una editorial seria, se ha convertido en una odisea (se impone la autoedición) y vender muchos libros, se antoja una utopía (¡Gloria a los elegidos!). Nada nuevo bajo el sol, si tenemos en cuenta el reguero de «fracasados» que ha ido dejando la literatura a lo largo de su historia. No hace falta alejarse mucho, aunque si hacerlo en el tiempo, para descubrir que el ingenioso Miguel de Cervantes Saavedra, el autor de la obra más importante de la literatura castellana, nunca vio recompensado su esfuerzo y apenas si recibió regalías por su obra, pues esta fue pirateada en su primera edición. Si cruzamos el charco, veremos que Edgar Allan Poe, el maestro del terror, fue el precursor de una generación donde se veía al escritor como alguien pobre. Tildado de charlatán, borracho, embustero, mediocre y plagiario, vivió sin conocer el éxito y, desamparado, su fallecimiento sigue siendo un misterio. Si hablamos de escritoras, observaremos que Emily Dickinson creó cientos de poemas durante su vida, pero no logró superar la pobreza y murió en la indigencia porque la mayoría de sus parientes y amigos perecieron antes que ella. A esta lista podríamos añadir a los «pobres»: Franz Kafka (La Metamorfosis), Friedrich Nietzesche (Así habló Zaratustra), Gérard de Nerval (Les Chimères) y otros pobres «fracasados», maestros, hoy, en sus diferentes lenguas. Dejaremos para mejor ocasión a los represaliados.
Condenado.
Viendo a tan ilustres personajes «fracasar» en su empeño como escritores, tengo claro que la posibilidad de que el éxito llame a mi puerta, es inversamente proporcional al hecho de que yo ingrese en del círculo de los perturbados, mediocres y charlatanes. Consciente de mi descalabro, deberé olvidarme de los plagios, porque, si escribo para mis nietas, Lucía y Carla, eso sería uno de los peores legados que yo les podría dejar; también procuraré huir de los borrachos, pues si ya desvarío bastante estando sobrio, imaginaos lo que haría si por mis venas corriera el alcohol; además, esperaré sentado a que esta pandemia, que en sus días negros me impidió hasta leer, esta vez sí, pase de largo por mi puerta y no me arrastre al infierno de los pobres (¡de la economía, eh!). Condenado, sin remedio, al acervo de los insustanciales, doy por sentado que jamás gozaré del éxito de Óscar Wilde, y no me refiero a su vida sexual (que respeto pero no comparto), ni a su adicción al alcohol, sino a la fama que, él sí, alcanzó en su época, y a las buenas sumas de dinero que recibió por su trabajo. Aunque, como tan pronto soy el Doctor Jekyll como Mr. Hyde, no niego que sería un placer poder imitar a quien tuvo un estilo de vida tan errático, malgastó su dinero en una existencia libre de ataduras, fue encarcelado y consumió los últimos días de su existencia vagando por las calles de París mendigando dinero entre sus amigos. Lo que sí tengo claro (¡o tal vez no!) es que no imitaré a Sócrates, que murió pobre por voluntad propia, y cuyo interés se centraba en enseñar a los jóvenes, sin recibir pagos. ¡El altruismo para J. Patterson!
Línea imaginaria.
Ignorando a todos estos «fracasados», que no pudieron o no supieron disfrutar del éxito que merecían en su momento, yo me considero un individuo con suerte. «Soy un pobre fracasado». Tal vez, porque la gloria o el infierno se pueden cuantificar de tantas maneras como formas de ver el mundo hay entre las personas y la mía, es muy particular. Si, para unos, la distancia entre ambos conceptos es infinita y, para otros, conviven separados por una línea imaginaria, para mí, solo pende del sentido común. Y como soy un experto en ocultar la verdad, os diré que he realizado un minucioso estudio del que se desprenden jugosas conclusiones (yo también cocino las encuestas como el CIS y las afeito como los medios), por tal motivo, «puedo prometer y prometo» (¡vuelve, Adolfo!) que algunas editoriales creen que la mayoría de nosotros estamos destinados a ingresar en el «Club de los fracasados», pues ni les hemos hecho de oro a ellas, ni hemos salido de «pobres», nosotros. También he recabado la opinión de varios autores (¡otra patraña!) y la cuestión se ha complicado más aún, pues somos tantos, y algunos tan especiales, que me ha sido imposible obtener nada en limpio. Al final, y para no mentir por boca de nadie, he llegado a la conclusión de que todo depende de las expectativas de cada uno, y las mías son básicas. Es decir, que me limito a mantener los pies en el suelo y a ser realista para no conquistar el…¡fracaso!
El éxito.
Si tenemos en cuenta que en los últimos años se publican en España una media de 100.000 libros, es fácil entender que para alimentar el ego de tanto autor (geniales e infumables), proliferen la autopublicación, la autoedición, la coedición, las editoriales trampa (esas que obligan a adquirir elevado número de ejemplares) y, por suerte, las editoriales de verdad. Pero, como la realidad dice que la promoción de un libro es muy costosa y solo está al alcance de unos cuantos, (muchos por méritos propios y otros porque el que tiene padrino se bautiza), aquel autor que consigue dar con una editorial que apueste por él, es como si hubiera sido agraciado con el Gordo de la lotería. Visto lo cual, amigos, y ante circunstancias tan adversas, estoy convencido de que conviene valorar el «fracaso» de ver publicadas nuestras obras (sea de la forma que sea). Por eso, compañeros de letras, yo procuro que mis obras lleguen alos lectores (fuera el miedo a las presentaciones), me apunto a un bombardeo (ferias, encuentros literarios, entrevistas, mesas, congresos); disfruto con las críticas buenas (que me reconfortan el alma) e intento digerir las malas (pues me ayudan a corregir mis errores); y opino que, si tantos genios triunfaron en la pobreza, haber llegado hasta aquí es un éxito. Entre tanto ¿y por qué no?, seguiré echando borrones, con la esperanza de que, si aprendo a escribir de verdad, algún día me inviten a un trago en el Club de los fracasados.
Soñando.
Mientras sigo soñando que soy «un pobre fracasado», disfruto del privilegio de ver mis publicaciones; agradezco la llamada del miembro de un jurado para hablar de mi libro; me emociono al ver que los míos se alegran de mi fracaso; me alegro de que los libros me hayan permitido reencontrarme con antiguos amigos y profesores; me ruborizo si recibo llamadas telefónicas o correos de quienes han leído mis obras y contactan conmigo; me emociono al cruzar la mirada con Lucía (Carla aun es muy pequeña) cuando habla de «nuestro» cuento; me enorgullezco de que en los pueblos donde discurrió mi infancia me traten con tanto cariño cuando vuelvo a ellos; me siento un privilegiado por haber conocido a gente con la que jamás imaginé coincidir; tengo el honor de compartir mi afición con grandes escritores y mejores compañeros de «La sombra del Ciprés» y de La Asociación Nacional de Escritores Amateur y...
…y dicho lo cual, me gustaría saber quién ha sido el que me ha puesto orujo en la copa del agua, sabiendo que tengo prohibido el alcohol. Solo así entenderéis que todo esto no han sido sino un cúmulo de alucinaciones producidas por el coma etílico, pues, en realidad, lo que yo anhelo de verdad es dejar la bebida y, al recuperar la sobriedad, ver cumplidas las palabras de Antonio Garrido, Linares. Premio Fernando Lara 2015:
«El éxito es vender millones de libros; miente el escritor que diga lo contrario».
© Moisés González Muñoz.

sábado, 23 de mayo de 2020

Entrevista Onda Capital Sevilla

Entrevista con Paco Moreno en el programa "A mi manera" de Onda Capital Sevilla.


sábado, 4 de abril de 2020

Cuarentena


jueves, 26 de marzo de 2020

A mi tió Balbino


    Hoy, recién estrenado el día, la desgracia se ha cebado con nuestra familia. Mi querido tío Balbino nos ha dejado para siempre. No atacado por el maldito virus, pero si por su culpa de manera indirecta ya que el encierro ha precipitado su final. Se ha ido de la misma manera que llegó a nuestras vidas, sin hacer ruido, y con la grandeza que destiló durante sus 97 años.
https://avilared.com/art/45532/obituario-balbino-gutierrez-primer-alcalde-de-solosancho-tras-la-constitucion    Don Balbino, como le conocían por toda Ávila y su querida León, nos ha dejado para siempre.
   Atrás queda el servicial veterinario de muchos pueblos del Valle Amblés, el Alcalde de Solosancho y diputado provincial con la llegada de la democracia.
   Nos ha dejado el huésped ejemplar, el trabajador incansable, el hombre de los pies a la cabeza, el señor en toda la extensión de la palabra.
   Pero ante todo hemos perdido al marido fiel, al cuñado respetuoso, al vecino servicial, el padre que no tuvo descendencia pero ejercicio como tal, al tío que siempre nos trató con cariño, respeto y educación, pero que a la vez nos exigió responsabilidad, cordura y amplitud de miras.
   Para desgracia tuya, y nuestra, te has marchado en absoluta y triste soledad (malditas circunstancias) dejándonos más huérfanos de lo que aún preveíamos. Tú, tío, que te desviviste por tantos, merecías un adiós bien diferente. Una despedida como se merecen los hombres de honor, de verdad, al calor de tu familia; un homenaje a esa vida dedicada a los demás.
   Por tu edad ya sabíamos que el final estaba cerca, pero nunca pensamos que sería de esta manera tan inesperada.
   Acabaré con una de tus frases preferidas: "Se da la circunstancia de que..." (permíteme continuar) tal vez nos reencontremos contigo en el más allá algún día.

   Siempre viajarás en nuestra memoria.
   D.E.P. tío Balbino.
  
© Moisés González Muñoz
  Solosancho (Ávila) 24/03/2020.

https://avilared.com/art/45532/obituario-balbino-gutierrez-primer-alcalde-de-solosancho-tras-la-constitucion

viernes, 13 de marzo de 2020

Todos contra el Virus

  
Haciendo un análisis superficial de las gráficas del artículo del https://www.washingtonpost.com/graphics/2020/world/corona-simulator/, según mi modesta opinión, se observan los cuatro modos diferentes de afrontar la pandemia.
Aquellos países cuyos gobernantes se decanten por la opción 1 anteponen los intereses económicos a las vidas humanas, pues se deja que el virus actúe por su cuenta y que la selección natural decida quién se salva y quién no. La economía sufrirá menos pero el coste en vidas podría ser muy elevado.
Los que actúen de acuerdo a las opciones 2 y 3 intentarán combinar ambos factores. Si se decantan por la 2, mejor para la economía. Si apuestan por la 3, menor coste en vida pero mayor catástrofe económica
Los gobernantes de los países que opten por la opción 4 (la de confinación casi total), controlarán mejor el ritmo de contagios pero la economía quedará arrasada, pues esto no es cuestión de 15 días.

domingo, 8 de marzo de 2020

Cuento sobre la igualdad.

Gemelos: El valor de la igualdad.

Beatriz y Jesús eran dos hermanos gemelos nacidos a principios de los años 70. Ella siempre había sido una niña fuerte y sana, mientras que él había estado a punto de dejar este mundo, durante su primer año de vida, varias veces. Aquella circunstancia había hecho que toda la familia volcara sus atenciones hacia el pequeño y Beatriz no era ajena a ello.
Al cumplir los 6 años comenzaron a ir a la escuela ellos solos, pues vivían muy cerca del colegio. Una mañana, jugando en el patio, a la hora del recreo, Jesús sufrió una leve torcedura de tobillo y comenzó a cojear. Al finalizar las clases, Beatriz se ofreció a llevarle la cartera a su hermano y este vio el cielo abierto. Ella cargó con los dos bultos hasta la puerta de su casa.
Al día siguiente partieron del hogar cada uno con sus pertenencias pero a mitad del camino Jesús se quejó de dolor y Beatriz volvió a hacerse cargo de los libros de su hermano. Lo que debía ser una ayuda temporal se convirtió en algo habitual, pues el niño aprovechaba la bondad de su hermana para encasquetarla el peso día tras día.
Una tarde de diciembre, a la salida de clase, se entretuvieron con los amigos jugando en la calle y cuando se quisieron dar cuenta estaba anocheciendo. Beatriz le hizo saber a Jesús que era muy tarde y que debían marcharse, pero él no quiso abandonar el juego y se negó a obedecerla. Ella, cansada de esperar, cogió su cartera y puso rumbo a su casa, mientras él seguía dándole patadas al balón. Al cabo de un rato, sin despedirse de sus amigos, Jesús abandonó el partido y salió corriendo con intención de atrapar a su hermana antes de que esta entrara en casa. Comenzó a llamarla a gritos para que le esperara, pero la niña ya había doblado la esquina y no escuchó los gritos. Al verla llegar sola, su madre le preguntó por su hermano y esta le explicó lo sucedido. Cuando la adulta se disponía a salir en busca del pequeño, la puerta de la calle se abrió de par en par y la diminuta figura Jesús chocó contra las piernas de su madre. Tras una buena regañina, la madre se encaminó a la cocina mientras decía:
―¿Tenéis deberes? Sacad los cuadernos de la cartera mientras os preparo la merienda.
Los dos niños clavaron la vista en el lugar donde solían dejar sus pertenencias y, sin necesidad de decirse nada, descubrieron que allí solo había una cartera.
Jesús, desconcertado, le preguntó a su hermana en voz baja:
―¿Y mi cartera? ¿Dónde la has puesto?
―Tú sabrás. Yo solo he traído la mía ―contestó ella.
―Eres tonta ―la insultó él―. ¿Por qué no me la has traído? ―exigió con aires de superioridad.
Cabreado, Jesús le dio un empujón a Beatriz. Esta perdió el equilibrio y tiró una silla al suelo. Segundos después comenzaron a pelearse. La madre, al escuchar el ruido, salió de la cocina y vio el forcejeo. Nada más separarlos, y sin meditar sobre lo que iba a decir, el niño culpó a su hermana de haberse olvidado la cartera en la calle.
―¿Cómo que se ha olvidado «TU» cartera en la calle? ―se extrañó la madre, alternando la mirada de uno a otro de sus hijos.
Entonces Beatriz le explicó a su madre que desde el accidente de Jesús en el patio del colegio, ella le llevaba y le traía la cartera, de casa a la escuela y de la escuela a casa, todos los días.
―¡Pero tú eres tonta, chiquilla! ―exclamó la madre, con cara de estupefacción, al percatarse de lo que venía aconteciendo.
Contrariada, la adulta los hizo sentarse en una silla y les explicó cómo funcionaban las cosas en aquella casa. Allí las personas eran todas iguales; estaban para ayudarse; colaboraban entre ellos pero sin servilismo; compartían; agradecían los favores pero nunca los exigían. Hombres y mujeres valían lo mismo.
―Tú quédate aquí, merendando ―se dirigió a Beatriz― que él y yo iremos a buscar «SU» cartera ―clavó los ojos en Jesús―. Y que sea la última vez que uno de los dos hace de criado del otro. ¿Entendido? —y con firmeza dictó sentencia―. Pues entonces, considero justo que si ella ―y señaló a Beatriz― te ha llevado y traído la cartera durante 15 días, en los próximos 15, te toque a ti ―miró a su hijo― devolverle el favor. ¡Marchando!
                                                                                                   Terrassa, 08 de marzo de 2020.
                                                                                                    ©Moisés González Muñoz

jueves, 13 de febrero de 2020

Reseñas El joyero de Carla

 Reseñas sobre "El joyero de Carla"




miércoles, 11 de diciembre de 2019

Entrevista Radio Star Terrassa

https://www.facebook.com/mgonza75/videos/2638326822915558?d=n&sfns=mo

https://www.facebook.com/mgonza75/videos/2638326822915558?d=n&sfns=mo 


domingo, 3 de noviembre de 2019

Etapa 2ª: Serra de Busa

Etapa 2: Serra de Busa.
Hoy más que una crónica al uso, me vais a permitir que de rienda suelta a mis sentimientos, porque sin ellos, corro el riesgo de convertirme en una bestia. Por eso digo que basta ya de señalar a aquellos que piensan diferente, de sembrar cizaña y pedir paz, de odiar y pedir convivencia, de agredir y pedir respeto. Estoy harto de manipuladores y corruptos parapetados tras sus poltronas, de etiquetas y bandos, de buenos y malos, de demócratas y fascistas, de disfraces y mentiras, de ellos y nosotros, de ver la paja en el ojo ajeno pero no ver la biga en el propio. De que "todos" estemos en posesión de la verdad absoluta. De callar lo que pienso por miedo a que me tachen de lo que no soy.
¿Cómo hemos podido llegar hasta aquí? ¿Qué hemos hecho tan mal, todos, para que los que pensamos diferente nos veamos casi como enemigos? Solo los necios niegan la evidencia y esta ya no esconde la fractura: ellos y nosotros. Casi todo lo material se puede reparar, pero los sentimientos NO. Cuando estos se rompen, es para siempre.
A colación de ello, me vienen a la memoria dos poemas ("Estoy triste y mis ojos no lloran" de Juan Ramón Jiménez, y "Tristes guerras" de Miguel Hernández) que voy a utilizar a modo de guía para mis reflexiones, porque… ¡ochenta años después no hemos aprendido nada!
O damos tiempo a la palabra o el tiempo dará paso a la barbarie. Y, ¡ay, entonces…! entonces, tal vez sigamos vivos, pero solo descansarán los muertos.
Estoy triste y mis ojos no lloran (Juan Ramón Jiménez).
Estoy triste y mis ojos no lloran
y no quiero los besos de nadie;
mi mirada serena se pierde
en el fondo callado del parque.
Ese es mi estado anímico después de una semana donde las emociones han dominado todos mis actos, los conscientes y los inconscientes.
Viernes al anochecer y ya estoy deseando que pase el fin de semana. Durante unos segundos dudo si me apetece caminar al día siguiente. Al final, impera la cordura y la sensatez de mi cabeza prevalece sobre los dictados de mi corazón. «Tienes que ir a andar ―le digo a mi otro yo―. Necesitas oxígeno que te desatasque los pulmones; sol que te caliente el cuerpo; cielo abierto para recuperar la grandeza del firmamento en contraposición a la estrechez de miras de los humanos; y naturaleza libre y salvaje que te reconforte el alma...»
¿Para qué he de soñar en amores
si está oscura y lluviosa la tarde
y no vienen suspiros ni aromas
en las rondas tranquilas del aire?
Me cuesta coger el sueño y no he necesitado despertador para romperlo. Me levanto cansado, triste, derrotado. Me visto con desgana y voy tan desalentado a caminar que ni siquiera sé hacía dónde me dirijo. Solo media hora después de emprender el viaje, los compañeros del autocar me sacan de mi error. «No vamos hacia el sur, como tú piensas, sino hacia el norte, como todos los demás sabemos».
No hace falta ser muy espabilado para adivinar en torno a qué tema giran casi todas las conversaciones. Cada cual con sus mentiras, ya que todos estamos en posesión de la verdad. El viaje me resulta más largo de lo habitual. Tal vez sean las curvas; quizás el insomnio; ¿quién sabe si no estaré perdiendo la esperanza? o simplemente es que estoy a punto de tirar la toalla.
Los que compartimos los asientos traseros del autocar no entendemos a que viene tamaño rodeo para alcanzar nuestro destino. Tan larga es la duración del viaje que alguien requiere una parada para que las aguas no se salgan de madre. Sin embargo, no es la primera vez que esto nos sucede. Hace un par de años yo tuve que pedir al conductor que detuviera la marcha por idéntico motivo, aunque otros aprovecharon la escusa para imitarme. Los años se agrandan al mismo ritmo que las vejigas se empequeñecen. De pronto, y por fin, aparece ante nuestros ojos la meta. Allí, la quietud del agua dormita silenciosa en el pantano. Pantano que en un día de ánimo yo hubiera visto medio lleno, pero que hoy, a duras penas consigo percibir medio vacío.
Han sonado las horas dormidas;
está solo el inmenso paisaje;
ya se han ido los lentos rebaños;
flota el humo en los pobres hogares.
Descender del autocar y poner los pies en el suelo me levanta el ánimo y, más aún, cuando intercambio saludos con mis queridos compañeros y compañeras. Si algo me enseñó mi grupo de caminantes es que aquí cabemos todos. No importa la lengua, el lugar de origen, las ideas políticas o el tamaño de la cartera. No nos guían líderes, himnos, ni banderas y cada cual piensa según su manera. Solo caminamos, reímos, charlamos, sufrimos, sudamos, surcamos caminos, pisamos praderas, subimos por sendas, bajamos laderas. 
Al emprender la marcha siento que mi alma se reconforta. El camino hasta la ermita de San Pere de Graudescales es liviano y me permite conversar con varios compañeros. Sin gran esfuerzo alcanzamos el santuario y nos detenemos a desayunar. El conjunto fue consagrado en el año 913 y en el 960 se erigió como monasterio de los benedictinos. El templo actual se construyó en el siglo XII pero desapareció para el culto en el año 1504. Hacia el 1680 se derrumbó la parte de poniente de la nave, lo que obligó a una reconstrucción del muro cerca del crucero para aislar la parte siniestrada de la que aún se encontraba en buen estado. El retablo de San Pedro fue traslado a la parroquia de Busa, la iglesia quedó abandonada y casi en ruinas. En la década de los setenta se reconstruyó y la última restauración data de 1980.
Al cerrar mi ventana a la sombra,
una estrena brilló en los cristales;
estoy triste, mis ojos no lloran,
¡ya no quiero los besos de nadie!
Recuperadas las fuerzas retomamos la etapa por un sendero empinado a la sombra de los árboles. La estación va cincelando su marca y la vegetación motea el paisaje con sus tonalidades otoñales. El suelo, humedecido por las últimas lluvias, amortigua nuestros pasos, mientras los regueros languidecen, estériles, a causa de la sequía.
Caminar en fila de a uno dificulta la conversación y, sin proponérmelo, regreso de nuevo al infierno que me abrasa por dentro. Sin embrago, como la subida hasta el Pla de Busa es exigente, el jadeo consigue que me abstraiga y aparco mi congoja.
Al alcanzar la plana de Busa dejamos a nuestra izquierda las praderas donde pastan unas vacas al son de sus cencerros. Tranquilas, nos miran de soslayo y nos ven pasar de largo frente a la casa rural de La Bertolina. Paraje ideal para oxigenar el cerebro, pues hasta aquí no llegan los gritos, las carreras, las porras, los golpes, las miradas de odio, el olor a tierra quemada o la barbarie humana oculta tras uniformes y pasamontañas.
Soñaré con mi infancia: es la hora
de los niños dormidos; mi madre
me mecía en su tibio regazo,
al amor de sus ojos radiantes;
y al vibrar la amorosa campana

de la ermita perdida en el valle,
se entreabrían mis ojos rendidos
al misterio sin luz de la tarde...
 
Nada más alcanzar un claro del bosque, en la encrucijada de dos caminos forestales, nos reagrupamos y nos desviamos hacia la derecha para encaminarnos al mirador. Las vistas desde aquella atalaya son inigualables y uno envidia no ser un alado para poder sobrevolar el paisaje desde las alturas.
Tras el espectáculo, y la foto de rigor que inmortaliza en momento, nos dirigimos a la Presó natural de  El Capolatell (mole rodeada completamente de riscos que se encuentra en el extremo occidental de la Sierra de Busa. Esta morfología tan particular comportó que durante la guerra del Francés (18008-1814) el enclave fuera utilizado como prisión de soldados del ejército de Napoleón y que en la actualidad sea conocido con el nombre de la prisión de Busa). ¡Mala época para mentar prisiones!
Es la esquila; ha sonado: La esquila
ha sonado en la paz de los aires;
sus cadencias dan llanto a estos ojos
que no quieren los besos de nadie.
Finalizada la vista al lugar, retrocedemos sobre nuestros pasos para recuperar la senda perdida. Caminamos esquivando a las vacas que pacen en una pradera, en cuyo extremo se alza un establo desvencijado. La cerca electrificada, que impide la dispersión de los rumiantes, parece ser cosa banal para el temerario Antonio G. que decide abrirla asiéndose al cable. De pronto, un grito desgarrador espanta a herbívoros y caminantes por igual. Primero sorpresa, luego incredulidad y al final risas. Todo como respuesta a la inconsciencia del amigo caminante. 
Recobrada la calma, una vieja rumiante se nos queda mirando, tal vez recordando que otro día fue ella quien recibiera semejante descarga.
¡Que mis lágrimas corran! Ya hay flores,
ya hay fragancias y cantos; si alguien
ha soñado en mis besos, que venga
de su plácido ensueño a besarme.
De nuevo en la encrucijada, nos reagrupamos para acometer el último tramo de la jornada. Como el retraso se acumula, sin tiempo que perder, los de la avanzadilla salen en estampida. Pero… ¡oh, sorpresa!… ¿Qué sería de nosotros sin las pérdidas? Entonces, para no faltar a nuestra costumbre, y también para poner en situación a los novatos, recuperamos la esencia del grupo: ¡Perdemos el rumbo!
―¡Vamos fuera de ruta! ―dice uno― ¡Es por allí! ―y señala hacia la derecha―.
__¡No! ¡De eso nada! Es por aquí, según mi GPS ―le contradice otro.
―¡Yo aquí no veo ninguna marca! ―interviene un tercero.
―¡AQUÍ HAY UNA! ―grita el cuarto.
―Pues será esa la marca, pero va en dirección contraria ―tercia otro.
―¡Ya estamos! ... ¿Marcas o GPS?... ¡Aclarémonos de una vez! ―contestan varios.
Al final, la lucidez de Carmen hace acto de presencia y, sabia ella, se dirige a una masía cercana para preguntar a los lugareños por la senda correcta y poder salir, así, de aquel atolladero.
Recuperado el rumbo, emprendemos la bajada que nos conducirá hasta el destino. Llevamos más de una hora y media de retraso con respecto al horario previsto y, aunque de vez en cuando se divisa el pantano, nos hallamos a una distancia considerable de la meta. Por si fuera poco, y para terminar de rizar el rizo, a mitad de la bajada volvemos a perdernos. Tener que desandar lo andado, hace que las caras no solo denoten cansancio, sino también, por qué no decirlo, un poco de hastío ante la tecnología o nuestra torpeza.
―¡Con lo bien que iban los mapas! ―comenta alguien en voz alta.
Mientras tanto, los nuevos caminantes callan y observan con cara de estupor. Desconocen, ¡pobres! que todo es una simple patraña parar hacerlos desistir de volver a caminar con nosotros en el futuro. ¡Veremos si han superado la prueba!
Y mis lágrimas corren... No vienen...
¿Quién irá por el triste paisaje?
Sólo suena en el largo silencio
la campana que tocan los ángeles.
Terminada la caminata nos acomodamos en el autocar para dirigirnos a un bar donde reponer fuerzas. No digo para comer, pues hace un buen rato que se nos pasó la hora. Dejémoslo en una merienda temprana. Siempre. ¡Eso sí!, regada con una buena cerveza.
De lo que acontece en el bar mejor no hablar. Se acercan las Navidades y aquello parece un mercado persa. Se vende de todo: Lotería, boletos, números para la lumineta, libros… Quién sabe si lo que deberíamos vender no es un poco de sentido común, para evitar que nuestra ceguera nos obligue a lamentar lo irremediable. 
Tristes guerras (Miguel Hernández)
Tristes guerras
si no es amor la empresa.
Tristes, tristes.
Tristes armas
si no son las palabras.
Tristes, tristes.
Tristes hombres
si no mueren de amores.
Tristes, tristes.
Sábado, 19 de octubre de 2019.